Institucionalizar la celiaquía

Me pasa que a veces reflexiono las cosas demasiado, cuando algo me angustia puedo estar semanas y semanas pensando en lo mismo y lo malo es que nadie me disuade cuando algo me obsesiona de manera intermitente.

En esta ocasión pensaba yo en que aunque cada vez tenemos más suerte en cuanto a que cada vez hay más sitios donde podemos comer con cierta libertad, hay muchos lugares en los que sí debería haber comida para celíacos y todavía es una asignatura pendiente. No me quiero referir aquí a sitios privados en los que a la larga esa comida la pagaremos sí o no, si no a restaurantes o cafeterías que estén en lugares de carácter público en los que simplemente deberían de tenerlo por si acaso algún celíaco, intolerante o alérgico al gluten pudiera comer algo. Imagino que lo que pasa en la mayoría de ocasiones es que lo que tira para atrás es el tema de la contaminación cruzada, pero todos sabemos que se puede hacer (caterings, convenios con marcas que elaboren productos sin gluten), ya que para vender magdalenas de las nuestras, o cualquier otro producto para nosotros (que suelen estar envasadas per se) no hace falta cocinar, o para servir una ensalada envasada (por favor, los tostones, ¡ESTAMOS HARTOS! de esos tostones que se ponen sistemáticamente en las ensaladas prefabricadas), tampoco hace falta utilizar una cocina.

Conste que es algo que me empezó a pasar por la cabeza ante la situación de ir a hacerme un análisis de sangre y que luego resulte que en la cafetería del hospital no haya nada que alguien con una relación tóxica con el gluten pueda comer, o bien te desayunas un café con un plátano, o bien un café con un arroz con leche. Esta situación se empeora sustancialmente cuando estamos ingresados, ya que no hay todavía un protocolo a nivel de cocinas de hospitales que nos ampare.

Es en ese momento cuando uno se da cuenta de que a lo mejor en las cárceles o en los cuarteles los extraterrestres del gluten no tenemos nada que comer (a pesar de que el ejército de una ayuda a niños celíacos la cual no dejaré nunca de envidiar). Lo que está claro, es que conozco a varios celíacos universitarios y nos hemos tenido que llevar nuestra comida a la universidad porque no había nada que pudiéramos comer, ni si quiera una triste magdalena a la que optar si teníamos que desayunar allí. No os digo nada de ir a un gran museo o a una entidad como la Biblioteca Nacional (que no sólo reciben visitantes, es que tienen gente trabajando allí que puede ser celíaca)  y ver que en sus respectivas cafeterías y restaurantes tampoco tienen nada que podernos ofrecer (eso sin tener en cuenta lo raras que son las miradas que todavía nos echan cuando hacemos la inocente e ilusa pregunta: ¿Tenéis algo para celíacos?).

En resumen, que un olé por aquellos restaurantes, bares y cafeterías que intentan democratizar la celiaquía, pero todavía nos queda por hacer. Espero que poco a poco sigamos consiguiendo cosas y más en este ámbito, que es el que creo que es el que empieza a tener las carencias más gordas de nuestro mundo.

Un abrazo sin trazas a todos.

Espero que os haya gustado la entrada. 🙂

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